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27.1.25

 El mundo se ha movido ahora y siempre impulsado por el apetito de dinero, poder y sexo, sobre la plataforma del miedo, la mentira y la culpa. Todos los que hemos vivido lo suficiente, lo sabemos, pero preferimos hacer la vista gorda para sobrevivir de una manera más eficiente. Espiritualidad y cultura son los brebajes que hemos inventado para actuar como antieméticos, de forma tal de que, confrontados con la verdad desnuda, no estemos todo el día vomitando sin parar.

21.10.16

La palabra "espiritualidad" es un fetiche. No significa nada. Por eso sirve para tantas cosas. Sobre todo, y en particular, para que unos charlatanes de feria disfrazados de sabios monten su tenderete para lucrar con los incautos...y los fraudulentos que pretenden acceder a vaya a saber qué pretendida "iluminación" subidos sobre los hombros de algún "papá" sustituto que asuma todos los riesgos.

El lucro no es sólo de dinero, es también y fundamentalmente, de poder.

El negocio de la "espiritualidad" junto con el de las armas, los medicamentos y las drogas, es uno de los más lucrativos y poderosos de la actualidad. Los "ricos y famosos" pagan bien y son una excelente propaganda para atraer a la "humanidad de a pie". Y están ansiosos por aprender de estos "grandes maestros espirituales" cualquier técnica o "truco" que les permita "comerse toda la torta y seguir conservándola a un tiempo". Los "maestros les dirán que todo es un gran juego cósmico". La "Lila", "el juego de Dios". Por lo tanto, todo es una gran ilusión. Dentro de esa gran ilusión a ellos -los ricos, famosos y poderosos- les ha tocado jugar su parte de esa manera, precisamente. "Es vuestro karma", les dirán, os lo habéis ganado en otra vida. Y el karma de los infelices cuyo vientre se infla por la inanición y serán comidos en vida por los gusanos, es ese también, precisamente. Algo terrible habrán hecho en otras vidas. No es vuestro problema.

"Maestro" preguntará un ejecutivo canoso y de aspecto atlético pero mirada preocupada, ¿qué hay del sexo?". Y el gran Gurú mirará a la audiencia con un brillo pícaro en sus ojillos vidriosos, "todo es un juego". No te apegues, distiéndete y disfruta. Está todo bien"
Palabras que cualquier proxeneta de segunda categoría en algún burdel de mala muerte le hubiera dicho a un parroquiano entrado en copas que comienza a sentir remordimientos por tener a su esposa durmiendo en casa.
El ejecutivo, ya más distendido y hasta algo envalentonado por la tácita aprobación, continuará. "¿Hay alguna técnica, algún ejercicio respiratorio, lo que fuere, que me permita disfrutar mejor?"
En realidad el cincuentón exitoso está algo angustiado porque días atrás no pudo satisfacer adecuadamente a su fogosa amiguita treintañera que deseaba una sesión más prolongada que la que su agotado amante le podía ofrecer.

"Respira así y así, y fíjate en este mudra" continuará el sublime gurú, sin abandonar la miradita ligeramente astuta, mirando de reojillo al resto de la audiencia que aguarda anhelante el consejo para mejorar la perfomance sexual, sobre todo ahora que el Maestro ha dado su "bendición" para aquello que ellos consideraban actividades no muy "elevadas".
Como previniendo las dudas de algún visitante algo más avezado, terminará :"Todo es un juego...Sólo no apegarse es necesario"
No se entiende bien cómo, "sin apego", va a tener uno apetitos de tal naturaleza, cuando exactamente dependen de las imágenes que deben alimentarse para poder seguir teniendo interés en ello. "Sin apego", ningún animal -bipedestado o cuadrúpedo- tendrá apetito como para enredarse en una actividad que resulta tremendamente extenuante para el cuerpo y completamente improductiva en el orden elemental de la supervivencia, que es en definitiva, lo que esencialmente mueve a cualquier criatura en este mundo, desde el humilde pero expansivo microbio hasta el nada humilde pero asimismo expansivo homo pretendidamente sapiens.

Y eso es todo.
Como brillantemente decía no hace mucho, el gran cineasta y autor Indio Javed Akhtar, "Gautama (Buda) salió de un palacio para irse a la jungla a encontrar la verdad. Pero hoy en día vemos que, los gurúes de la era moderna, salen de la jungla para terminar en palacios. Se están moviendo en dirección opuesta. No podemos ponerlos en la misma línea."
Y hagamos la salvedad de que Javed Akhtar es un ateo y racionalista famoso. Es decir, hemos llegado al punto en que los agnósticos, los no-religiosos, son los que dan verdadera enseñanza Espiritual.

Sabes, Nuria, no tengo nada en absoluto contra el hecho de que haya quienes quieran - y puedan- ganar fortunas y vivir como reyes; ni contra la lujuria, la ambición y todo lo que se les ocurra. Todo corre por cuenta de quien lo siente y lo vive, o lo padece. Lo único que sí me molesta es que aparezcan unos fantoches de cartón o terracota pretendiendo embozar esos vulgares apetitos de forma tal que aparezcan como pretensiones que deben ser tenidas como tan naturales como el deseo de comer, dormir o evacuar el intestino. Y que lo hagan además con la pretensión de "espiritualidad" o de "guía interior". Y que encima cobren -y muy requetebién. por vender este producto adulterado, más bien podrido, que en esta época de "Kali Yuga", es decir de negrura y obnuvilación mental, pasa por "enseñanza espiritual".


Manuel Gerardo Monasterio en Entrevista con Nuria Climent Vilardebó, 15 de Enero de 2007

27.5.16

Pórtico de Prometeo

Soy la fragancia última del íntimo jardín ametrallado.
 ¿Dónde estás? ¿Dónde estoy? 
Debajo de la verde marea de mierda 
que consume a la humanidad como una gangrena gaseosa.
 Y todo cabe en ese trozo condensado de maldad viciosa:
 los héroes y los sueños, los bríos de la sangre y el alma de la rosa. 
Todo reducido a una miseria de papeles pavorosa.
 Yo no tengo redención, la Vigilia me condena a verlo todo sin remedio.
 Voy a morir clamando, voy a morir cantando, voy a morir rugiendo,
 voy a morir quebrando el ensueño de los perros. Voy a morir blasfemando,
voy a morir escupiendo sibilantes estrellas como doncellas tiernas recién incendiadas.
 Horrorosas-luminosas verdades que nadie puede negar y que no sirven para nada. 
Porque los dioses controlan nuestra sangre programada. 
Neurogenética espacial que tú, ingenuo hermano,
 morirás sin siquiera sospechar. dioses amorfos, 
dioses idiotas que jugáis con nosotros desde el paraíso absurdo
como los sueños de vuestra imaginación babosa.
 Yo no soy más que un alimento fugaz, 
bocado intrascendente en la cena cósmica. 
Pero necesitáis de mí! De mi pasión inextinguible
 y de mi sufrimiento sin fin. 
Blasfemo por ti, ignorante hermano, 
que no comprendes el misterio del infausto Prometeo.
 El buitre caerá sobre mí sin fin, 
arrebatándome cada noche un pedazo de cerebro
 que habrá de renacer para darle
 nuevamente noche a noche de comer.
 Clamo por ti, que graciosamente me has crucificado
 y habrás de hacerlo cuántas veces tus dueños lo crean necesario.
 Yo no soy más que el alimento blasfemo 
que provoca indigestión a nuestros dioses.
 Tú nunca lo podrás comprender.
 Nadie quiere vislumbrar certezas tan dolorosas. 
Yo no tengo más remedio,
 he nacido condenado con los ojos siempre abiertos.
 Y el programa está sellado:
 tú a dormir el sueño de los perros, 
y yo, Oh temblor inmarcesible, 
sometido sin fin a velar tu infame sueño!

Manuel Monasterio (1990)

22.5.16

El consumo sin freno
Por Gilles Lipovetsky
La felicidad paradójica. En este adelanto del más reciente libro en español de Lipovetsky, el ensayista francés adentra en las razones del consumismo y cómo ha cambiado a la sociedad
(2 diciembre 2007).-
 Los grandes almacenes, en el siglo XIX, inventaron el "ir de compras" como nuevo entretenimiento y crearon en las clases burguesas la necesidad irresistible de consumir. Más tarde se concibió que el célebre five dollars day de Ford fuese la puerta por la que el obrero accediera a la categoría de consumidor moderno. En los años veinte, la publicidad estadounidense se dedicó a dar forma a un consumidor adaptado a las nuevas condiciones de la producción en serie. El sistema de créditos, en estos mismos años y luego en la posguerra, permitió desarrollar una nueva moral y una nueva psicología por lasque ya no era necesario economizar primero y comprar después. Nadie opinó en contra: el éxito fue total, ya que la "domesticación" para el consumo moderno fue más allá de todas las previsiones.En efecto, ya no hay normas ni mentalidades que se opongan frontalmente al despliegue de las necesidades monetizadas. Todas las inhibiciones, todas las defensas "retrógradas" se han eliminado; sólo quedan en la palestra la legitimidad consumista, las incitaciones al goce del instante, los himnos a la felicidad y a laconservación de uno mismo. El primer gran ciclo de racionalización y modernización del consumo ha terminado: ya no queda nada que abolir, todo el mundo está ya formado, educado, adaptado al consumo ilimitado. Comienza la era del hiperconsumismo cuando caen las antiguas resistencias culturales, cuando las culturas locales no representan ya ningún freno al gusto por las novedades. La fase III es esta civilización enque el referente hedonista se impone como evidencia, en que la publicidad, las distracciones, los cambios continuos de ambiente se "introducen en las costumbres": el neoconsumidor no se desplaza ya sobre un fondo de cultura antinómica.

La espiritualidad consumista

Ni siquiera la religión representa ya una fuerza de oposición al avance del consumo-mundo. A diferencia de lo que ocurría en el pasado, la Iglesia no pone ya por delante las ideas de pecado mortal, no exalta ya el sacrificio ni la renuncia. El rigorismo y la culpabilización se han atenuado mucho, lo mismo que los antiguos temas del sufrimiento y la mortificación. Mientras las ideas de placer y deseo se desvinculan del "pecado", la necesidad de cargar con la propia cruz ha desaparecido. No se trata ya tanto de inculcar la aceptación de las adversidades sino de responder a las decepciones de las mitologías seculares, que no han conseguido mantener sus promesas de aportar la dimensión espiritual necesaria para la plenitud de la persona. De ser una religión centrada en la salvación de ultratumba, el cristianismo ha pasado a ser una religión al servicio dela felicidad mundana que pone el acento en los valores de la solidaridad y el amor, en la armonía, la paz interior, la realización total de la persona. Por donde se ve que somos menos testigos de un "retorno" de lo religioso que de una reinterpretación global del cristianismo, que se ha adaptado a los ideales de felicidad,hedonismo, plenitud de los individuos, difundidos por el capitalismo de consumo: el universo hiperbólico del consumo no ha sido la tumba de la religión, sino el instrumento de su adaptación a la civilización moderna dela felicidad en la tierra.Cuando domina una concepción mundana y subjetiva de la salvación, aparece al mismo tiempo la comercialización de las actividades religiosas y pararreligiosas, ya que los individuos necesitan encontrar "e nel exterior" medios para consolidar los universos de sentido que la religión institucional no alcanzaba ya a construir.
En ninguna parte es tan manifiesto el fenómeno como en la "nebulosa místico-exotérica" y los medios que asumen la "New Age". En este feudo se multiplican las librerías especializadas y salas de exposición, toda una oferta comercial hecha de talleres con gurú, centros de desarrollo personal y espiritual,cursillos de zen y yoga, talleres sobre las "chakras", consultas con el "médico espiritual", cursos de astrología y numerología, etcétera. Mientras las obras de religión y las novelas espirituales se convierten en éxitos deventas, muchos editores invierten en este nuevo segmento del mercado en expansión. En la sociedad de hiperconsumo, incluso la espiritualidad se compra y se vende. Si es verdad que la reactivación posmoderna de lo religioso expresa cierto desencanto del materialismo de la vida cotidiana, también lo es que el fenómeno es cada vez menos ajeno a la lógica comercial. Es la espiritualidad convertida en mercado de masas,producto para comercializar, sector que organizar y promover. Lo que constituía un cortafuegos para el desenfreno de la mercancía se ha metamorfoseado en palanca de su propagación. La fase III es la que ve difuminarse el espacio que hay entre el Homo religiosus y el Homo consumericus.Al mismo tiempo, con el debilitamiento de la capacidad organizadora de las instituciones religiosas como telón de fondo, la tendencia general es a la individualización del creer y el obrar, a la afectivización y relativización de las creencias. 

Actualmente, incluso la espiritualidad funciona en régimen de autoservicio, en la expresiónde las emociones y los sentimientos, en las búsquedas originadas por la preocupación por el mayor bienestar personal, de acuerdo con la lógica experencial de la fase III. Lo que se encuentra cada vez más en el centro tanto de los creyentes propiamente dichos como de las nuevas "religiones sin Dios" es la búsqueda de la plenitud psicológica del sujeto. Lo que da valor a la religión no es ya su posición de verdad absoluta, sino la virtud que se le atribuye de propiciar el acceso a un estado ontológico superior, a una vida subjetiva mejor y más auténtica. Naturalmente -conviene subrayarlo-, creer no es consumir: por inscribirse en la continuidad de una tradición, por buscar lo "esencial", lo divino y el sentido de la vida, el espíritu de la fe no puede confundirse con el espíritu pragmático del consumismo. También es verdad que la reafirmación actual de lo religioso se caracteriza por tener los mismos rasgos que definen al turbo consumidor experiencial:participación provisional, incorporación comunitaria libre, comportamientos a la carta, primacía del mayor bienestar subjetivo y de la experiencia emocional. 
En este sentido, el Homo religiosus parece mucho más la continuación del Homo consumericus por otros conductos que su negación. Como es lógico, no se trata de la disolución de lo religioso en el consumo: simplemente asistimos a la ampliación de la fórmula del supermercado hasta los territorios del sentido, a la penetración de los principios del hiperconsumo en el interior mismo del alma religiosa.
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Extracto de La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo, de Gilles Lipovetsky,editado por Anagrama


 

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