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16.5.16

La frase que utiliza Zizek es literalmente ""esos horripilantes lacanianos, que son todavía peores que los freudianos y los kleinianos" e inmediatamente realiza un venenoso comentario que no voy a repetir...

Verdaderamente adorable!
 

4.10.15

“El psicoanálisis es una interpretación omnímoda del mundo diseñada por S. Freud, médico vienés que dedico su vida a la literatura de ciencia-ficción.
Escritor dotado y brillante, ejerció una influencia mayúscula sobre su tiempo. Sólo se me ocurre un caso semejante, pero muchísimo más reducido en su extensión e importancia, cuando Orson Wells relató por radio "La Guerra de los mundos" y causó una conmoción, al punto que mucha gente salió a las calles pensando que en verdad alienígenas invadían la tierra, llegando varios a suicidarse por el terror.

El psicoanálisis toma los datos visibles y palpables y los interpreta como símbolos y fantasías de oscuros contenidos reprimidos en una supuesta caldera interior ( llena de sombríos deseos y de mierda), ante cuyos embates la persona solo puede defenderse conociendo el psicoanálisis, pero fundamentalmente pagando –casi siempre por adelantado- los servicios de un psicoanalista calificado. Además, el psicoanálisis interpreta las fantasías y sueños como tanto o más importantes que las llamadas realidades. Como si esto no fuera suficiente, toma la caca, el pene, la vagina (y cuanto elemento o argumento escatológico y secreción se encuentre a mano) lo mezcla con un poco de mitología, lo sazona con una pizca de fisiología y elabora con todo esto un guiso del cual irá sacando un poco cada vez -como de una tómbola-, para interpretar lo que ocurre todos los días. Resumiendo, podríamos decir, con un poco de licencia poética, que el psicoanálisis viene a ser una especie de I Ching genito-coprológico. Podríamos agregar, ya en guisa de especulación histórico-comparativa, que los psicoanalistas vendrían a ser como los curas de la edad media, ya que aquellos también tenían que habérselas diariamente con mucho sexo y bastante caca. A favor de los psicoanalistas, debemos decir que a diferencia de los frailes medievales, ellos no han mandado jamás a la hoguera a ningún paciente. Como contrapartida, tampoco podemos dejar de observar que la confesión en la Iglesia Católica siempre ha sido un servicio gratuito.”



De la novela inédita de Manuel Gerardo Monasterio "Y Juramos con Gloria Morir"

18.8.15


Broken man



Estudiar al hombre “normal” jamás ha aportado nada relevante. Es como intentar sacar información dialogando con una piedra. La prueba la tenemos en que todos los que han logrado sacarle alguna información al homínido “sospechoso”, lo han conseguido observando e investigando al llamado “espécimen patológico”: enfermos mentales, desviados, monstruos, esperpentos y ejemplares fallados.
En mis "Cuadernos de Antroposíntesis", hace muchos años, describí este proceso de investigación como “La alegoría del muñeco o juguete roto”.



Supongamos que tenemos un muñequito mecánico, un hermoso y sofisticado juguete que hace un montón de cositas irrelevantes pero entretenidas. Y no sabemos como diablos funciona. La curiosidad nos supera. ¿Y qué hacemos entonces? Lo abrimos, y un poco, lo rompemos, para lograr tal objetivo. Es lo que suelen hacer las criaturas inquietas con sus juguetes interesantes.



Y ya tenemos lo que llamo el muñeco roto.

Sigmund Freud, Carl Gustav Jung, Wilhelm Reich, Alfred Korzybski, Gregory Bateson, Ronald Laing, e incluso Foucault, tienen algo en común al respecto: sus hallazgos más fecundos fueron realizados observando a personas llamadas “patológicas. El espécimen de excepción para este tipo de investigaciones es, sin duda, el esquizofrénico. Lo que podríamos llamar un “juguete bien roto”, es decir, no un juguete “un poquito abierto” como el neurótico, sino un juguete cuyo mecanismo está todo a la vista. El individuo llamado “normal” es un artilugio compacto, una unidad sellada. Su mecanicidad se manifiesta imperturbable a todos los fines de una investigación fecunda en datos que sean relevantes para averiguar qué es exactamente lo que bulle debajo de toda esa aparente nanidad automatizada.

El individuo llamado “normal” no es una amenaza ni un peligro para el estado...ni para los dioses.

Pero un Hölderlin, un Lautremont, un Artaud, con los tendones y las arterias mentales a la vista, son algo completamente diferente. O incluso un asesino aberrante como Pierre Riviere, en cuya investigación se ufana mi calvo amigo Foucault, que fue algo más que un brillante expositor filosófico, y que, como he dicho más de una vez , rozó de manera inquietante diversos bordes del círculo donde los hombres nos encontramos, y no casualmente, atrapados.

El “loco”, el “anormal” el “monstruo”, está mostrando impúdicamente las desnudeces del abismo que se oculta en todos nosotros. Quizás nuestro abismo original y originario.

Pero el problema investigativo que se plantea, es que un individuo más o menos “normal” no puede sacar gran cosa de la observación de esas “impudicias” que quiebran salvajemente el flujo mecánico de la normalidad. Para lograr que el panorama a la vista no sea más que una piezas desparramadas aquí y allá, interesantes y llamativas quizás, pero vistas como incomprensibles o inútiles; para que el escenario adquiera un significado orgánico y conducente, el investigador a su vez tiene que “abrirse” un poco él mismo, es decir, romperse él mismo como juguete. Porque los elementos que le darán la capacidad de comprender lo que está pasando en el interior del “juguete roto” están disponibles para él, únicamente en la medida en que él también los observe desde la perspectiva de “juguete abierto o roto”. Los riesgos que esto implica son la explicación de que haya tan poca información. ¿Cuántos investigadores están dispuestos a emprender semejante proceso de - en cierta manera- auto-destrucción?

Alan Watts emprenderá esa tarea a través del LSD o la mescalina. Terence McKenna lo hará utilizando el “abrelatas” de la psilocibina, útil herramienta que encontrará escondida en la Stropharia, los honguitos a los que era tan afecto.

¿Producen las mescalina, el LSD, el DMT o la psilocibina alucinaciones realmente? ¿O acaso gatillan receptores peptídicos que sacan a luz información que se encuentra en realidad en el propio cerebro, en el propio sistema nervioso, en el propio cuerpo que esconde misterios tremendos y anonadantes?

En la glosolalia de la psicosis o en las visiones producidas por efecto de los psicotrópicos “enteógenos”, puede haber más fecundidad de datos explicativos que en las meras descripciones topológicas a las que inevitablemente se ve reducida la “ciencia normal”.

Y también en las aberraciones de los asesinos seriales, de los sadomasoquistas extremos, y por qué no, incluso asimismo en las experiencias tenidas como místicas de muchos de los “santos” que gozaban sufriendo porque SENTIAN que eso era lo que Dios quería –¿y necesitaba?-de ellos, podemos encontrar vislumbres inquietantes acerca de nuestro verdadero origen.

Compartimos el 97% del ADN con los gorilas. El otro 3% no llama la atención de los “científicos” como para comenzar a especular uniendo todos la ENORME cantidad de evidencia repartida a través de la historia, los textos religiosos, las alegorías, mitologías y experiencias cotidianas. Siguen hablando todavía del eslabón perdido, cuando lo que han perdido –en realidad no lo han tenido nunca- es el hilo de Ariadna que conduciría rápidamente a algunas realidades que, seguramente, acabarían rápidamente con la “normalidad” de la mayoría de la gente.

Finalmente, lo que comienza a salir a la luz, ya de manera inevitable, es que nosotros somos el Golem.



Der Golem, Escultura de
Eskorte fragile

y

Poster de la antigua película alemana
"Der Golem"





Manuel Gerardo Monasterio
Ciudad de Buenos Aires,
Jardines de Pometeo,
1 de Septiembre de 2007






26.8.12

Freud dictaminó que la mujer envidiaba el pene. Lógicamente, era una mera representación del supuesto poder fálico en una sociedad patricarcal. Era la envidia del presunto poder del varón.
Pero en realidad es precisamente lo contrario.
Es el varón quien envidia la matriz.

Y esa envidia genera odio.
Y el odio del varón hacia la mujer,
le ha enseñado a la mujer a odiarse a si misma.

Todo eso, más lentamente de lo que muchos suponen,
pero de manera igualmente irreversible,
está cambiando.
Finalmente.
 

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