17.12.13

El relato vuelve a buscarte,
una y otra vez.
Aún cuando piensas
que ya no le perteneces,
resulta inútil pensarte ajeno.
Cuando crees que ya
todo ha terminado,
el viejo perro te recuerda
con su colmillo afilado
que todo comienza otra vez.

Y sin desearlo vuelves
al centro del escenario
en el que has representado
al nauseoso personaje
durante los últimos mil años.

Y entonces se te aparece
el viejo Federico,
luminosamente enfermo,
con su resignación infinita:
"que venga otra vez".

 

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